15 de julio de 2010

Lágrimas saladas

Hay cosas que duelen. Hay cosas que creemos que duelen. Hay veces en que creemos que no nos cabe más dolor en el cuerpo. Hay otras en las que creemos que tocamos fondo. Es algo tan cotidiano el dolor. Pero ¿qué es el dolor realmente?
Hubo un tiempo en el que creí que moriría de dolor. Podía estar quemándome viva que no sentía nada. O mejor dicho sentía mucho. Mucho dolor. Muchísimo. Un dolor sin relación alguna con el hecho de estar quemándome. Un dolor que iba más allá de todo lo fisíco.
Dolor espiritual. Eso era. Me dolía el alma. Estaba partida en dos. Atravesada por mil cuchillos que se clavaban minuto a minuto, cada vez más. Estrujada al borde de la asfixia. Agonizante. Muriendo día a día, semana a semana, mes a mes.
Como algunos dicen: ''una vez que se llega a la cumbre de la montaña, lo único que queda es caer''.
Caí en picada. Sin frenos ni paracaídas. Como cae una fruta madura de un árbol. De la nada, de repente, sin previo aviso. Caí a un pozo que parecía no tener final o, por lo menos, no uno agradable ni deseado.
Me ahogaba, no podía respirar. No toleraba las risas, los gritos, los ruidos, la felicidad ajena. No podía contagiarme de nadie, de nada. No había forma de salir de la oscuridad.
Siempre con una sonrisa. Siempre tratando de mostrar que nada pasaba. Pero ¿por qué tenía que aparentar? ¿para quién? ¿para mí? Sí, para mí. Porque en el mismísimo momento en el que me dejara mostrar la realidad, yo caería en cuenta de lo que me estaba pasando y sería peor.
No quería que nadie me tuviera lástima. ''Pobre, Florencia'', dirían. ¿Ellos que saben? Mejor evitar malos momentos con gente que nada tenía que ver con lo que a mí me pasaba.
Un largo camino tuve que atravesar para poder hablar de esto sin sentirme ahogada nuevamente. Y, aún así, a veces cuando recuerdo todo como si hubiese pasado hace un mes, me siento un poco perdida, nuevamente identificada con esa adolescente que quiero dejar atrás y enterrar de una vez por todas.
Pobre mamá. Pobre papá. Pobre Naty. ¿Pobre yo? Pobre yo. Pero pobre ellos que no podían ayudarme de ninguna forma.
Llantos sin razón. Gritos. Locura. Descontrol. Temblores. Descargas musculares. Ansiedad. Asfixia.
¿Por qué tanto calvario? ¿por qué tanto miedo a morir? ¿por qué tanto dolor? ¿por qué? No sé porque. Ya no quiero saber porque. Nunca voy a saberlo.
Nunca voy a saberlo... porque en mi corazón lo sé. Sí, lo sé. Pero es tan deprimente hablar de algo que jamás va a tener vuelta atrás. Algo que todavía me duele como si hubiera sido momentos atrás. No lo acepto, no puedo dejar de sentirlo. Lo extraño. Aún lo extraño. Cada día más. Pobre él. Ni mamá, ni papá, ni Naty, ni yo. Pobre él! Inocente.
El dolor que siento yo no es dolor. Es culpa. Como si yo la tuviera. Creo que nadie tiene la culpa. Por lo menos yo no la tengo y lo sé con absoluta seguridad. Pero siento culpa y no sé qué hacer.
F. M.

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