F. M.
14 de mayo de 2011
Come and kiss this pain away
A veces decimos que no sin saber por qué. O decimos que no con tantas justificaciones que no logramos ordenarlas y determinar una causa aparente para esa negación. La mayoría de esos no los decimos porque tenemos miedo. Sí, miedo. Miedo de lo que puede llegar a pasar si nos entregamos en cuerpo y alma, enteramente, a esto nuevo que se nos avecina. Entonces lo más fácil es ponerse a la defensiva y decir que no sin más. Y estamos convencidísimos de que ese no lo decimos porque estamos totalmente seguros y de que no nos vamos a arrepentir nunca de nuestra decisión tomada. Pero no es así. Porque el mismo miedo que te impulsa a decir ese no rotundo es el mismo miedo que descubrís una vez que ya no hay vuelta atrás de ese no dicho. Es muy confuso así. Pero, como dije, uno en general dice que no por el miedo de entregarse sin ataduras y salir perdiendo, terminar con el corazón roto en mil pedazos a sus pies. Uno dice que no por miedo a perder. Lo que uno no se da cuenta es que al decir que no uno está perdiendo de ante mano, no se está arriesgando ante la posibilidad de que no existiera tal final catastrófico. Y una vez dicho el no uno le está pasando la pelota al otro para que decida sobre el futuro, para que decida lo mismo que uno acaba de decidir: si quiere jugarse un 100% sobre algo que tal vez lo destruya dejándolo sin nada. Cuando uno se arrepienta y quiera enmendar las cosas, ese otro va a ser seguramente el que nos lance el no definitorio. Y ahí quiero ver como enfrentás de verdad a ese miedo que te arrastró ante el torbellino de la negación constante. Quiero ver qué hacés ante la fría indiferencia que te mata lentamente, tortuosamente.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario